La propiedad intelectual ya no puede analizarse únicamente como un conjunto de registros, derechos exclusivos y procedimientos de defensa. En 2026, también funciona como un instrumento de política económica, competencia tecnológica y posicionamiento geopolítico. La inteligencia artificial ha intensificado esa dimensión: quien define las reglas sobre datos, patentes, derechos de autor, transparencia, licencias y enforcement también influye en la forma en que se distribuye el valor de la innovación.
Estados Unidos, la Unión Europea y China no están respondiendo de la misma manera. Cada uno proyecta una idea distinta de cómo debe gobernarse la tecnología. Estados Unidos se apoya en el mercado, la litigación y la interpretación judicial. La Unión Europea busca ordenar la innovación mediante regulación, transparencia y protección de derechos. China combina planificación estatal, fortalecimiento institucional y control de malas prácticas.
Para las empresas, esta divergencia tiene una consecuencia directa: una estrategia de propiedad intelectual no puede ser uniforme. Lo que funciona en una jurisdicción puede ser insuficiente, ineficaz o riesgoso en otra.

El modelo estadounidense conserva una fuerte orientación hacia el mercado. La innovación avanza con rapidez, impulsada por empresas tecnológicas, inversión privada, venture capital, universidades y litigios estratégicos. Sin embargo, en materia de IA y propiedad intelectual, esa velocidad convive con una incertidumbre considerable.
En patentes, la elegibilidad de invenciones relacionadas con software e IA sigue siendo un terreno exigente. El precedente de Recentive Analytics v. Fox confirmó que el uso de machine learning no basta por sí solo para superar objeciones de materia patentable cuando las reivindicaciones se perciben como una aplicación genérica de técnicas conocidas a un entorno particular.
En inventorship, la línea es igualmente clara: la IA no puede ser inventora. La orientación revisada de la USPTO mantiene que los mismos estándares legales aplican a todas las invenciones, independientemente de si se usó IA en el proceso inventivo.
En derechos de autor, Estados Unidos se mueve a través de decisiones judiciales sobre fair use, entrenamiento de modelos, adquisición lícita de datos, outputs infractores y daño al mercado. La jurisprudencia reciente empieza a distinguir entre entrenamiento con materiales lícitamente obtenidos y usos asociados a piratería, sustitución de mercado o reproducción de elementos protegidos.
La lógica estadounidense ofrece oportunidades, pero también exige litigabilidad. Las empresas que operan allí deben preparar evidencia técnica, documentación de autoría humana, revisión de datasets, contratos sólidos y capacidad de defender sus posiciones ante tribunales.
La Unión Europea ha optado por un enfoque normativo más estructurado. El AI Act no se limita a promover innovación: establece una arquitectura regulatoria basada en niveles de riesgo, obligaciones para proveedores y usuarios, transparencia, supervisión y responsabilidad.
Las reglas de transparencia aplicables desde el 2 de agosto de 2026 obligarán a informar a los usuarios cuando interactúen con sistemas de IA y a implementar marcas legibles por máquina en sistemas generativos para facilitar la detección de contenido sintético o manipulado.
Este enfoque tiene una ventaja: ofrece una hoja de ruta más clara para el cumplimiento. Pero también impone cargas operativas significativas. Las empresas deberán integrar compliance desde el diseño del producto, no como corrección posterior. La transparencia, la documentación técnica, la evaluación de riesgos, las políticas de datos y la gestión de contenidos generados por IA pasarán a formar parte del ciclo de desarrollo.
En propiedad intelectual, el reto europeo está en equilibrar innovación tecnológica con protección de autores, titulares y consumidores. La discusión sobre text and data mining, contenidos generados por IA, licencias y obligaciones de transparencia seguirá siendo central. Para empresas creativas, tecnológicas y de datos, la UE puede ofrecer mayor previsibilidad normativa, pero también menor tolerancia frente a modelos opacos.
La lógica europea es clara: la innovación es bienvenida, pero debe poder explicarse, supervisarse y justificarse.

China presenta una estrategia diferente. Su política de propiedad intelectual está vinculada a objetivos de desarrollo nacional, autosuficiencia tecnológica, liderazgo en sectores emergentes y mejora de calidad institucional. En mayo de 2026, CNIPA publicó el Plan 2026 para la construcción de una nación fuerte en propiedad intelectual, con 106 tareas asignadas a distintos organismos, como parte de la implementación del esquema de largo plazo 2021–2035.
El país también ha señalado su intención de fortalecer la protección de PI en campos emergentes, especialmente inteligencia artificial, y participar en la formulación de reglas internacionales para nuevos sectores.
A diferencia de una lectura simplista que reduce China a volumen de registros, la tendencia actual busca calidad, control y disciplina. El plan nacional incluye acciones contra la piratería, el registro malicioso de marcas y las solicitudes indebidas de patentes.
Para empresas extranjeras, esto implica oportunidades y riesgos. China puede ser un mercado atractivo para protección, comercialización y enforcement, pero exige diligencia temprana, registros preventivos, vigilancia contra marcas de mala fe, monitoreo de e-commerce, análisis de traducciones y adaptación a prácticas administrativas locales.
La lógica china no es solo proteger innovación. Es ordenar el sistema para que la propiedad intelectual sirva a una política industrial de largo plazo.
Cada jurisdicción obliga a formular una pregunta distinta. En Estados Unidos: ¿mi activo puede resistir una revisión judicial exigente? En la Unión Europea: ¿mi modelo cumple con transparencia, derechos y gobernanza regulatoria? En China:¿mi estrategia está alineada con registro temprano, vigilancia y enforcement administrativo?
Estas preguntas revelan que la propiedad intelectual ya no puede gestionarse con plantillas generales. Una patente, una marca, una licencia o una base de datos pueden tener valor distinto según el país, el sector, el tipo de activo y la autoridad que revise su protección.
Para empresas con operaciones internacionales, la estrategia debe combinar registro, defensa, licenciamiento, contratos, monitoreo digital, protección aduanera, resolución de disputas y gestión reputacional. La geopolítica de la PI no se resuelve con presencia formal. Requiere lectura local.

Para compañías ecuatorianas y latinoamericanas que buscan internacionalizar productos, tecnología, marcas o contenidos, esta comparación no es lejana. Exportar innovación exige entender cómo se protege el valor en cada destino.
Una marca que ingresa a China sin registro preventivo puede enfrentar ocupación especulativa. Una empresa tecnológica que busca protección en Estados Unidos debe preparar reivindicaciones técnicas robustas y evidencia de contribución humana. Una compañía creativa que opera en Europa deberá revisar licencias, transparencia y usos de IA en contenidos dirigidos al público.
El reto no está únicamente en registrar derechos. Está en diseñar una estrategia de expansión que no trate a todos los mercados como si fueran iguales.
Estados Unidos, la Unión Europea y China muestran tres formas de gobernar la propiedad intelectual en la era de la IA. Ninguna es perfecta. El modelo estadounidense ofrece dinamismo, pero también incertidumbre judicial. El europeo ofrece estructura, pero exige cumplimiento sofisticado. El chino ofrece planificación y enforcement intensivo, pero demanda adaptación local y vigilancia constante.
La lección para las empresas es contundente: la propiedad intelectual debe pensarse geográficamente. No basta con tener activos; hay que saber dónde protegerlos, cómo defenderlos, bajo qué reglas explotarlos y qué riesgos plantea cada territorio.
En 2026, la estrategia de PI no será solo legal. Será comercial, tecnológica y geopolítica.
Durante años, la conversación entre inteligencia artificial y propiedad intelectual ha estado marcada por una imagen de confrontación: plataformas tecnológicas de un lado, titulares de derechos del otro; modelos entrenados con grandes volúmenes de contenido frente a creadores que reclaman autorización, transparencia y compensación. Esa tensión existe y no debe minimizarse. Pero el caso Disney–OpenAI muestra una posibilidad distinta: transformar el conflicto potencial en una alianza diseñada con reglas, licencias y valor compartido.
El acuerdo anunciado oficialmente por OpenAI y The Walt Disney Company en diciembre de 2025 permite que Sora genere videos sociales cortos inspirados por usuarios a partir de más de 200 personajes de Disney, Marvel, Pixar y Star Wars, bajo un acuerdo de licencia de tres años. La comunicación oficial también señala que una selección de esos videos podrá estar disponible en Disney+ y que ambas compañías afirman un compromiso con el uso responsable de IA y la protección de los derechos de creadores.
Más allá del atractivo mediático, el caso importa porque plantea una pregunta estratégica: ¿qué debe hacer una empresa con activos creativos valiosos frente a tecnologías que pueden reproducir, transformar o emular elementos de su universo simbólico? La respuesta tradicional sería litigar. La respuesta más sofisticada puede ser negociar.

Disney posee algunos de los activos creativos más reconocibles del mercado global: personajes, narrativas, marcas, franquicias, estilos visuales, mundos de ficción y comunidades de fans. Ese patrimonio no solo tiene valor cultural; tiene valor jurídico y económico. Cualquier uso no autorizado en herramientas generativas podría activar conflictos por derechos de autor, marcas, competencia desleal, derecho de imagen, dilución, confusión o daño reputacional.
OpenAI, por su parte, opera en un espacio donde el riesgo legal es estructural. Las herramientas de IA generativa dependen de datos, prompts, outputs y experiencias de usuario que pueden cruzar límites sensibles. Para una plataforma de video generativo, la posibilidad de que los usuarios pidan contenido con personajes reconocibles no es remota: es casi inevitable.
La licencia, entonces, cumple una función doble. Para OpenAI, reduce exposición y permite ofrecer una experiencia atractiva sin depender de una zona gris. Para Disney, evita que sus personajes sean arrastrados por usos no autorizados fuera de control y, al mismo tiempo, le permite participar activamente en la economía generativa.
No es una renuncia a la protección. Es protección mediante diseño contractual.
El acuerdo muestra una evolución importante: la propiedad intelectual deja de operar únicamente como una barrera de acceso. También puede funcionar como una arquitectura de participación. Disney no se limita a decir “no uses mis personajes”. Define condiciones para que ciertos usos sean posibles, controlados y monetizables.
Esa diferencia es decisiva. En los mercados creativos, la prohibición absoluta puede ser necesaria frente a usos infractores, engañosos o perjudiciales. Pero cuando existe una tecnología con demanda real, capacidad de distribución y potencial de engagement, la licencia puede capturar valor que el litigio no siempre logra producir.
Litigar puede reparar daños o detener conductas. Licenciar puede abrir mercados, crear aprendizajes, generar ingresos, probar formatos y mantener cercanía con nuevas formas de consumo. La propiedad intelectual, bien negociada, no solo defiende el pasado de una marca; puede ordenar su futuro.

En acuerdos de esta naturaleza, el valor no está únicamente en permitir el uso de personajes. Está en definir cómo se usan. La IA generativa plantea riesgos de descontextualización, alteración de tono, usos ofensivos, asociación indebida, pérdida de coherencia narrativa y afectación de la confianza del público.
Por eso, una licencia estratégica debe ir acompañada de controles: límites de uso, filtros de seguridad, estándares de moderación, restricciones sobre contenidos sensibles, reglas de atribución, mecanismos de revisión, protección de menores, trazabilidad y herramientas de retiro. El contrato no puede ser solo una autorización amplia; debe ser una infraestructura de gobierno.
Este punto tiene una consecuencia para cualquier empresa con activos creativos: antes de licenciar en IA, debe saber qué está dispuesta a permitir, qué nunca debe permitir y qué mecanismos necesita para corregir desviaciones. La marca no se protege únicamente en el registro. Se protege en cada interacción.
Aunque el caso involucra a gigantes del entretenimiento y la tecnología, sus lecciones alcanzan a empresas de otros sectores. Una marca de moda puede enfrentar imitaciones generadas por IA. Una farmacéutica puede ver contenidos técnicos reproducidos sin autorización. Una firma de arquitectura puede encontrar diseños derivados de su portafolio. Una empresa educativa puede descubrir que sus materiales alimentan sistemas automatizados. Un estudio jurídico puede ver su contenido usado para entrenar herramientas que compiten con su conocimiento.
La pregunta no es si todas estas empresas deben firmar acuerdos como Disney. La pregunta es si tienen preparada una respuesta estratégica: inventario de activos, condiciones de uso, política de licenciamiento, monitoreo, cláusulas contractuales, protocolos de takedown y criterios para distinguir entre infracción, colaboración y oportunidad comercial.
No todos los conflictos deben terminar en alianza. Pero ninguna alianza será posible si la empresa no sabe qué tiene, qué vale y bajo qué condiciones puede compartirlo.

La IA generativa ha puesto presión sobre un modelo tradicional de enforcement basado en detectar, reclamar y retirar. Ese modelo sigue siendo indispensable, especialmente frente a usos no autorizados, falsificaciones, suplantaciones o explotación ilegítima de derechos. Sin embargo, cuando la tecnología produce usos masivos, repetitivos y difíciles de controlar caso por caso, la autorización estructurada puede ser más eficiente que la persecución fragmentada.
El acuerdo Disney–OpenAI apunta hacia una economía de autorización: contenidos licenciados, entornos controlados, participación de titulares y generación de valor compartido. Ese modelo no resolverá todos los conflictos de IA y PI, pero ofrece una alternativa frente a la incertidumbre judicial.
En lugar de esperar que un tribunal defina todos los límites, las partes pueden construir sus propios límites mediante contratos. Esa es una de las funciones más poderosas de la propiedad intelectual: transformar un derecho exclusivo en una herramienta de negociación.
El caso Disney–OpenAI no debe leerse como una fórmula universal, sino como una señal. En la relación entre IA y propiedad intelectual, la confrontación seguirá existiendo, especialmente donde haya uso no autorizado, falta de transparencia o daño al mercado. Pero las empresas con activos sólidos pueden encontrar una vía distinta: pasar del conflicto reactivo a la colaboración gobernada.
La lección no es que todo deba licenciarse. La lección es que quien controla bien sus derechos puede decidir mejor cuándo defender, cuándo negociar y cuándo construir una alianza.
En la era de la IA generativa, la propiedad intelectual no solo protege personajes, marcas o contenidos. Protege la capacidad de decidir cómo esos activos entran en nuevas formas de creación, consumo y negocio.
La inteligencia artificial generativa no apareció en un vacío. Sus capacidades actuales se construyen sobre enormes volúmenes de información producida, organizada y publicada por personas, medios, editoriales, programadores, investigadores y empresas. Esa realidad, que durante años permaneció en un terreno técnico poco visible para el público general, hoy se ha convertido en una de las discusiones jurídicas y comerciales más relevantes de la economía digital.
El caso iniciado por The New York Times contra OpenAI y Microsoft concentra esa tensión. El medio sostiene que millones de sus artículos habrían sido utilizados sin autorización para entrenar modelos de lenguaje, y que esos sistemas podrían generar respuestas capaces de resumir, imitar o sustituir parte del valor informativo de sus contenidos. Esa línea argumental aparece también en el documento base revisado, que identifica como puntos centrales la copia masiva, la falta de licenciamiento previo, la posible sustitución de mercado y la tensión con la defensa de fair use o uso justo.
La discusión, sin embargo, no se agota en determinar si hubo o no infracción. Lo que está en juego es más amplio: el lugar que ocupará la propiedad intelectual en la arquitectura futura de la inteligencia artificial. Desde esta perspectiva, este caso debe leerse como una advertencia estratégica para empresas, medios, inversionistas y titulares de activos intangibles: la innovación no puede sostenerse sobre zonas grises indefinidas cuando el valor económico proviene, precisamente, de contenido protegido, curado y comercialmente explotable.

En apariencia, el conflicto gira en torno a una pregunta técnica: si una empresa de IA puede utilizar contenido protegido para entrenar sus modelos sin autorización. Pero el verdadero núcleo del caso es económico. The New York Times no solo reclama que sus obras habrían sido copiadas; sostiene que ese uso permitió construir productos capaces de competir con sus propios servicios informativos.
Esa diferencia es fundamental. En el derecho de autor, no toda utilización no autorizada produce el mismo impacto. Una cosa es emplear una obra como referencia incidental, y otra muy distinta es incorporar masivamente archivos periodísticos para entrenar un sistema comercial que luego puede ofrecer al usuario respuestas, resúmenes o reformulaciones cercanas al contenido original. La pregunta deja de ser únicamente “¿se copió?” y pasa a ser “¿quién se beneficia económicamente de esa copia?”.
En abril de 2025, un tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York permitió que avanzaran reclamaciones relevantes dentro del caso, aunque también desestimó algunas pretensiones específicas. La decisión no resolvió el fondo del litigio, pero confirmó que la controversia merece un análisis judicial más profundo, especialmente respecto de ciertas reclamaciones de infracción directa y contributiva.
Para los medios, este avance procesal es importante porque valida la discusión sobre el valor jurídico de sus archivos. Para las empresas tecnológicas, representa una señal de riesgo: el entrenamiento de modelos de IA ya no puede analizarse solo como una operación técnica, sino como una actividad con posibles efectos patrimoniales, regulatorios y reputacionales.
OpenAI ha sostenido públicamente que el entrenamiento de IA se encuentra protegido por principios de uso justo y ha defendido una visión amplia sobre el acceso al conocimiento para desarrollar sistemas de inteligencia artificial. En su propia comunicación sobre el litigio, la compañía afirma que ha apoyado el periodismo, el uso justo y una visión abierta de la circulación del conocimiento, además de cuestionar algunas actuaciones procesales del Times durante la fase de descubrimiento.
El problema es que el uso justo no opera como una autorización automática. En el sistema estadounidense, su análisis depende de factores como el propósito del uso, la naturaleza de la obra, la cantidad utilizada y el efecto sobre el mercado potencial de la obra original. En el contexto de IA generativa, esos factores se vuelven especialmente complejos: los modelos necesitan grandes cantidades de datos, pero esa necesidad técnica no elimina por sí misma los derechos de quienes produjeron el contenido.
La pregunta más delicada es si el uso es realmente transformador. Una empresa de IA puede sostener que no reproduce un periódico, sino que crea un sistema nuevo capaz de procesar lenguaje. Pero el titular de derechos puede responder que el resultado comercial depende de haber absorbido contenidos protegidos, y que el sistema puede disminuir el tráfico, las suscripciones o las oportunidades de licenciamiento del medio.
La jurisprudencia reciente no ofrece una respuesta uniforme. En el caso Thomson Reuters vs. Ross Intelligence, un juez federal concluyó que la copia de contenido de Westlaw para construir una plataforma legal competidora no estaba amparada por el uso justo, una decisión relevante porque abordó el uso de contenido protegido en un contexto tecnológico competitivo. En cambio, en el litigio contra Anthropic, un juez consideró que el entrenamiento con libros adquiridos legalmente podía ser transformador, pero distinguió esa conclusión de la adquisición y almacenamiento de copias pirateadas, que no quedó protegido bajo el mismo razonamiento.
Estas decisiones revelan una línea de fondo: los tribunales no están resolviendo la IA como una categoría abstracta. Están analizando procedencia del contenido, finalidad comercial, efecto competitivo, licitud de la fuente y daño potencial al mercado.

Uno de los efectos más relevantes del caso NYT vs. OpenAI es que ha cambiado la conversación sobre los archivos periodísticos. Durante años, muchos contenidos digitales fueron vistos como material disponible en la web, accesible para buscadores, agregadores, plataformas y sistemas automatizados. La IA generativa obliga a revisar esa lectura.
El contenido periodístico de calidad no es una acumulación casual de datos. Implica investigación, edición, criterio, verificación, reputación y una inversión sostenida en talento humano. Aunque los hechos no se protegen como tales, la forma de seleccionarlos, narrarlos, estructurarlos y contextualizarlos sí puede contener expresión protegible. Ese matiz resulta central en el caso del Times: el litigio no solo defiende palabras, sino una cadena de valor editorial.
El mercado ya está respondiendo por vías distintas al litigio. En 2025, The New York Times alcanzó un acuerdo multianual de licenciamiento con Amazon para que ciertos contenidos del Times, The Athletic y NYT Cooking puedan utilizarse en experiencias de Amazon, incluidos resúmenes y extractos, así como para entrenamiento de modelos. La existencia de este tipo de acuerdos refuerza una idea clave: si el contenido tiene valor suficiente para ser licenciado, también tiene valor suficiente para ser protegido.
Este punto es decisivo para empresas e inversionistas. Los activos intangibles ya no se limitan a marcas, patentes o software. También incluyen bases de datos, archivos editoriales, repositorios técnicos, manuales, investigaciones, reportes, fotografías, contenidos audiovisuales y materiales formativos. En una economía donde la IA necesita datos de calidad, la gestión jurídica de esos activos se vuelve una dimensión de competitividad.

Para las empresas que adoptan herramientas de IA, el caso también ofrece una advertencia práctica. No basta con preguntar qué puede hacer una herramienta; también debe preguntarse con qué fue entrenada, bajo qué condicionesprocesa información y qué riesgos se generan al introducir datos propios o de terceros.
El informe sobre inteligencia artificial de la Oficina de Derechos de Autor de Estados Unidos ha abordado, en distintas partes, temas como réplicas digitales, protección de outputs y entrenamiento de IA generativa. En mayo de 2025, esa oficina publicó una versión preliminar de la Parte 3 de su informe, dedicada al entrenamiento de IA generativa, en respuesta a consultas del Congreso y de distintos sectores interesados. Aunque estos informes no sustituyen la decisión de los tribunales, muestran que la discusión ya no pertenece únicamente al ámbito académico o tecnológico: forma parte de la agenda institucional de la propiedad intelectual.
Desde una perspectiva corporativa, esto implica que las empresas deben avanzar hacia políticas claras de gobernanza de IA. Esa gobernanza debería incluir, al menos, criterios sobre uso de herramientas externas, protección de información confidencial, revisión de términos contractuales, trazabilidad de datos, licencias sobre contenidos utilizados y control de outputs que puedan infringir derechos de terceros.
Para medios, agencias, estudios jurídicos, consultoras, universidades y empresas creativas, el desafío es doble. Por un lado, deben proteger sus propios contenidos frente a usos no autorizados. Por otro, deben evitar incorporar en sus procesos materiales generados o entrenados bajo condiciones que puedan generar exposición legal.
El futuro de la inteligencia artificial no se resolverá únicamente en laboratorios, servidores o interfaces conversacionales. También se definirá en contratos, licencias, tribunales, políticas internas y estrategias de propiedad intelectual.
El caso The New York Times vs. OpenAI marca un punto de inflexión porque obliga a reconocer que el contenido tiene una vida económica más allá de su publicación inicial. Un artículo, una base de datos, una investigación o un archivo editorial pueden convertirse en insumos de sistemas capaces de generar nuevos productos, capturar audiencias y alterar modelos de negocio completos.
La pregunta relevante para empresas y titulares de derechos ya no es si la IA cambiará el mercado. Eso ya está ocurriendo. La pregunta es si cada organización está preparada para identificar, proteger y negociar el valor de sus activos intangibles antes de que otros lo hagan por ella.
The New York Times Company. (2023). Complaint: The New York Times Company v. Microsoft Corporation, OpenAI, Inc., et al. United States District Court, Southern District of New York.
United States District Court, Southern District of New York. (2025). Opinion and order on defendants’ motions to dismiss in The New York Times Company v. Microsoft Corporation, OpenAI, Inc., et al.
U.S. Copyright Office. (2025). Copyright and Artificial Intelligence, Part 3: Generative AI Training — Pre-publication Version. United States Copyright Office.
U.S. Copyright Office. (2025). Copyright and Artificial Intelligence: Reports and policy materials. United States Copyright Office.
Reuters. (2025). New York Times partners with Amazon for first AI licensing deal. Reuters.
Reuters. (2025). Thomson Reuters wins AI copyright “fair use” ruling against one-time competitor. Reuters.
Bartz v. Anthropic. (2025). Order on summary judgment regarding fair use and AI training. United States District Court, Northern District of California.
Authors Guild. (2025). Mixed decision in Anthropic AI case. The Authors Guild.
The Guardian. (2025). Anthropic did not breach copyright when training AI on books without permission, court rules. The Guardian.
Debevoise & Plimpton. (2025). Anthropic and Meta decisions on fair use. Debevoise & Plimpton Insights.
La inteligencia artificial ha puesto al derecho de autor frente a una pregunta que ya no puede responderse con fórmulas tradicionales: ¿hasta dónde puede llegar el uso de obras protegidas cuando estas se convierten en insumo para entrenar sistemas capaces de producir nuevos textos, imágenes, sonidos, análisis y contenidos? La pregunta no es menor. En ella se cruzan el futuro de las industrias creativas, la competitividad tecnológica, la seguridad jurídica de las empresas y la forma en que una sociedad decide valorar la creación humana.
El debate generado alrededor del Artículo 71T en Chile vuelve visible una tensión que no pertenece únicamente a una jurisdicción. Lo que está en discusión no es si la inteligencia artificial debe desarrollarse, esa conversación ya quedó superada por la realidad, sino en qué condiciones jurídicas, económicas y éticas se permitirá que ese desarrollo utilice obras protegidas por derecho de autor. La diferencia es esencial. Una cosa es habilitar la innovación; otra, muy distinta, es construirla sobre una excepción tan amplia que termine debilitando el sistema que protege los activos creativos que alimentan esa misma tecnología.
Desde una lectura estratégica de propiedad intelectual, el Artículo 71T importa porque expone un problema mayor: la divergencia regulatoria global frente al entrenamiento de inteligencia artificial. Mientras algunas jurisdicciones buscan mecanismos de equilibrio, transparencia y reserva de derechos, otras exploran fórmulas más permisivas. Para empresas, creadores, medios, desarrolladores tecnológicos y titulares de activos intangibles, esa fragmentación no es un detalle técnico. Es un riesgo de negocio.

El Artículo 71T ha sido presentado como una excepción al derecho de autor para permitir determinados usos de obras lícitamente publicadas en actividades de extracción, comparación, clasificación o análisis estadístico de datos de lenguaje, sonido, imagen u otros elementos. En términos prácticos, el debate se concentra en si esa fórmula permitiría que sistemas de inteligencia artificial utilicen contenidos protegidos sin autorización previa ni remuneración a sus titulares.
La controversia no nace únicamente del uso tecnológico. Nace de la amplitud de la excepción, de la falta de mecanismos claros de control y de la ausencia de una arquitectura compensatoria visible. Para los sectores creativos, periodísticos y culturales, el riesgo es evidente: si una obra puede ser utilizada como insumo masivo para entrenar sistemas de IA sin licencia, sin pago y sin una vía efectiva de oposición, el valor económico de esa obra se desplaza hacia quien procesa el contenido, no hacia quien lo creó.
El punto delicado está allí. La inteligencia artificial necesita datos, pero muchos de esos datos son expresiones protegidas: reportajes, fotografías, ilustraciones, obras musicales, guiones, libros, piezas audiovisuales, bases editoriales, contenidos informativos y materiales producidos con inversión humana, técnica y económica. Cuando la ley reduce esa complejidad a una excepción amplia, corre el riesgo de tratar la creatividad como simple materia prima disponible.
Una regulación moderna no debería partir de una falsa oposición entre tecnología y creación. La innovación no avanza mejor cuando los derechos se vuelven irrelevantes; avanza de forma más sostenible cuando las reglas permiten identificar qué puede usarse, en qué condiciones, con qué límites y con qué responsabilidades.
El problema de una excepción demasiado abierta es que puede generar el efecto contrario al buscado. En lugar de atraer innovación de calidad, puede atraer modelos de negocio construidos sobre zonas grises, aprovechamiento masivo de contenidos y asimetrías de poder entre grandes desarrolladores tecnológicos y titulares de derechos dispersos. En ese escenario, los creadores no solo enfrentan una pérdida potencial de ingresos; enfrentan una pérdida de control sobre el destino económico de sus obras.
Para las empresas, el asunto también es relevante. Un marco excesivamente permisivo en una jurisdicción puede parecer atractivo en el corto plazo, pero producir incertidumbre en operaciones transfronterizas. Una compañía que entrena, integra o utiliza sistemas de IA con contenidos protegidos debe preguntarse no solo si una norma local permite determinado uso, sino si ese uso será aceptable frente a socios internacionales, titulares de derechos, consumidores, reguladores, contratos de licencia y políticas internas de cumplimiento.
En propiedad intelectual, la ausencia de claridad rara vez es neutral. Suele transformarse en litigio, reputación afectada o costos posteriores de regularización.

El contraste europeo es relevante porque muestra una aproximación más estructurada. La Unión Europea ha regulado el minado de texto y datos mediante excepciones específicas, pero acompañadas de límites y mecanismos de reserva de derechos. El modelo no parte de una prohibición absoluta, pero tampoco de una habilitación irrestricta. Su lógica consiste en permitir determinados usos, especialmente vinculados al análisis de datos, siempre dentro de un marco que reconoce la posición del titular.
El mecanismo de opt-out cumple una función estratégica: permite que los titulares manifiesten su oposición al uso de sus obras para determinadas actividades de minado de texto y datos. A ello se suma la evolución regulatoria derivada del Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea, que introduce obligaciones para proveedores de modelos de propósito general, incluyendo políticas de cumplimiento en materia de derecho de autor y mayor transparencia sobre los contenidos utilizados para el entrenamiento.
El modelo europeo no está libre de críticas. Muchos titulares de derechos consideran que los mecanismos de transparencia todavía son insuficientes y que la carga de proteger las obras sigue siendo excesiva para los creadores. Sin embargo, ofrece una señal importante: la innovación basada en IA no puede desarrollarse desconectada del derecho de autor. Debe dialogar con él.
El sistema estadounidense, por su parte, no cuenta con una excepción específica equivalente para el entrenamiento de inteligencia artificial. Su discusión se articula principalmente alrededor del fair use, una doctrina flexible que permite evaluar caso por caso si el uso no autorizado de una obra protegida puede considerarse legítimo.
Esa flexibilidad tiene ventajas para la innovación, pero también un costo evidente: la incertidumbre. Empresas tecnológicas y titulares de derechos se encuentran en un terreno en el que la respuesta depende de litigios complejos, análisis judiciales y criterios que pueden variar según el caso. Algunas decisiones han reconocido argumentos favorables al carácter transformativo del entrenamiento de sistemas de IA; otras han puesto límites importantes cuando el uso se acerca a la sustitución de mercado, la competencia directa o la obtención irregular de contenidos.
La enseñanza del modelo estadounidense es clara: dejar todo al litigio no necesariamente produce equilibrio. Puede producir desarrollo tecnológico, pero acompañado de costos legales altos, disputas prolongadas y falta de previsibilidad para todos los actores involucrados.

Para un empresario, directivo o titular de activos intangibles, el debate sobre el Artículo 71T no debe leerse como una discusión distante entre autores y plataformas tecnológicas. Debe entenderse como una advertencia sobre el nuevo mapa de riesgos en la economía digital.
Las empresas que desarrollan, adquieren o implementan herramientas de IA necesitan saber con qué datos fueron entrenadas, qué garantías ofrecen sus proveedores, qué restricciones contractuales existen y qué exposición podría generarse si el sistema reproduce, transforma o utiliza contenidos protegidos. El uso de IA en marketing, análisis de datos, atención al cliente, diseño, producción audiovisual, comunicación corporativa o generación de contenidos no está separado del derecho de autor. Al contrario, lo intensifica.
También existe un riesgo reputacional. Una organización que utiliza herramientas de IA sin revisar su origen, sus políticas de entrenamiento o sus condiciones de uso puede verse involucrada en controversias por apropiación indebida de contenidos, infracción de derechos o uso no autorizado de obras de terceros. En sectores donde la confianza es parte del valor de marca, ese riesgo puede ser tan sensible como el riesgo jurídico.
Desde la perspectiva de los titulares de derechos, el desafío consiste en pasar de una protección pasiva a una gestión activa de los activos creativos. Esto implica revisar contratos, condiciones de licencia, reservas de derechos, políticas de uso digital, monitoreo de contenidos, estrategias de negociación y mecanismos de defensa. La propiedad intelectual ya no puede gestionarse únicamente como un registro o una reacción frente a infracciones visibles. Debe gestionarse como una arquitectura de control, explotación y protección en entornos automatizados.
Aunque el debate se concentre en Chile, sus efectos trascienden fronteras. América Latina comparte desafíos comunes: ecosistemas creativos vulnerables, mercados tecnológicos en expansión, necesidad de atraer inversión, marcos normativos en actualización y titulares de derechos que muchas veces carecen de capacidad individual para enfrentar usos masivos de sus obras.
La región debe evitar dos extremos. El primero consiste en legislar desde el temor, cerrando toda posibilidad de innovación. El segundo, en legislar desde la urgencia económica, abriendo excepciones amplias sin medir sus consecuencias. Ninguno de los dos produce una política pública sólida.
Lo que se necesita es una conversación regulatoria más fina: qué usos deben permitirse, qué obras pueden quedar comprendidas, qué ocurre con los fines comerciales, cómo se expresan las reservas de derechos, qué estándares de transparencia deben cumplir los desarrolladores, cómo se verifican las fuentes de entrenamiento y qué vías de compensación o licenciamiento pueden construirse para evitar que la innovación se sostenga sobre una transferencia silenciosa de valor.
El Artículo 71T es importante porque obliga a mirar de frente una pregunta que seguirá creciendo: ¿quién asume el costo de entrenar la inteligencia artificial? Si la respuesta es que ese costo debe recaer íntegramente sobre creadores, medios, autores y titulares de derechos, la innovación pierde legitimidad. Si la respuesta es una prohibición absoluta, se limita una tecnología que ya forma parte de la productividad contemporánea.
El desafío está en el equilibrio. Un equilibrio serio no se logra con excepciones imprecisas ni con silencios normativos. Se construye con reglas claras, mecanismos de control, transparencia, respeto por el valor de las obras y una comprensión real de los activos intangibles en la economía digital.
La inteligencia artificial seguirá transformando la forma en que se crea, se analiza y se distribuye contenido. Precisamente por eso, el derecho de autor no debe quedar al margen. Debe evolucionar con criterio, sin rigidez, pero también sin renunciar a su función esencial: proteger la creación humana como una fuente de valor, identidad y desarrollo económico.
Asociación Nacional de la Prensa. (2026, 22 de abril). Declaración de la ANP sobre el artículo 8 del proyecto de ley para la reconstrucción nacional y el desarrollo económico y social. ANP Chile.
BioBioChile. (2026, 24 de abril). Propiedad intelectual y megarreforma: qué dice el polémico artículo que permitiría a la IA usar obras sin permiso ni pago. BioBioChile.
El Mostrador. (2026, 2 de mayo). Norma sobre IA en Ley Miscelánea desata conflicto con prensa y mundo cultural. El Mostrador.
El País. (2026, 24 de abril). Kast impulsa una norma que abre la puerta al uso “sin control” de contenidos de la IA. El País Chile.
Emol. (2026, 23 de abril). Críticas por artículo que propone cambios en la propiedad intelectual del Gobierno. Emol.
European Commission. (2025, 10 de julio). The General-Purpose AI Code of Practice. Shaping Europe’s Digital Future.
European Commission. (2025, 1 de agosto). EU rules on general-purpose AI models start to apply, bringing more transparency, safety and accountability. Shaping Europe’s Digital Future.
Parlamento Europeo y Consejo de la Unión Europea. (2019). Directiva (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor y derechos afines en el mercado único digital. EUR-Lex.
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual. (2019). Directiva (UE) 2019/790 del Parlamento Europeo y del Consejo. WIPO Lex.
Ruiz Salazar, M. (2026). El Caballo de Troya en la Ley de Reconstrucción: El artículo 71T y la inteligencia artificial.
U.S. Copyright Office. (2025). Copyright and Artificial Intelligence, Part 3: Generative AI Training. United States Copyright Office.
U.S. Copyright Office. (s. f.). Copyright and Artificial Intelligence. United States Copyright Office.
El deporte suele presentarse como un territorio de talento, disciplina y espectáculo. Pero esa imagen, por sí sola, ya no alcanza para explicar lo que ocurre dentro y fuera de la cancha. El deporte contemporáneo también es investigación aplicada, diseño industrial, construcción de marca, explotación audiovisual y defensa activa frente a redes de falsificación y piratería.
Por eso resulta acertado que la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual haya puesto el foco de 2026 en esta conversación. La decisión reconoce algo que desde hace tiempo se volvió evidente: la propiedad intelectual no acompaña al deporte desde un segundo plano, sino que lo estructura. Protege la invención que mejora el rendimiento, diferencia los productos auténticos de las copias, resguarda la inversión detrás de un evento y sostiene una parte sustancial del valor económico que circula alrededor del espectáculo deportivo.
La tesis de este artículo es clara: el futuro del deporte depende, en buena medida, de cómo se protejan y gestionen sus activos intangibles. Hablar de propiedad intelectual en este sector no es hablar únicamente de registros; es hablar de innovación, confianza, competencia leal y sostenibilidad.

Uno de los mayores aciertos del lema de la OMPI es desplazar la mirada hacia aquello que muchas veces permanece fuera del encuadre: los sistemas que hacen posible el rendimiento. Un calzado técnico, un material más liviano, un sensor de monitoreo o una mejora ergonómica no son simples añadidos comerciales. Son el resultado de investigación, prueba, ajuste y desarrollo tecnológico; es decir, de procesos que requieren inversión y, por tanto, protección. La propia OMPI subraya que en el deporte distintos derechos pueden convivir sobre un mismo producto: las patentes resguardan la tecnología, los diseños protegen la apariencia y las marcas distinguen el origen empresarial y la reputación del bien.
Ese punto merece atención porque permite entender una transformación de fondo. En el deporte actual, la ventaja competitiva no depende solo del atleta o del club, sino también de la capacidad de las empresas para convertir conocimiento en productos diferenciados. La innovación ya no se limita a hacer “algo mejor”; implica desarrollar soluciones que puedan sostenerse en el mercado, escalar y defenderse frente a la imitación. Allí la propiedad intelectual cumple una doble función: incentiva la creación y ordena la competencia.
Esta lógica también explica el auge de tecnologías portables, análisis biomecánico y desarrollos vinculados a rendimiento y bienestar. La OMPI ha advertido que las tecnologías deportivas y los wearables desdibujan fronteras tradicionales entre forma, función, diseño y software, lo que vuelve más compleja —y más estratégica— la gestión de los derechos involucrados.
Desde la perspectiva de Luzuriaga & Castro, la lección es concreta: cuando la innovación se vuelve central para el negocio, la protección jurídica deja de ser una etapa posterior y pasa a ser parte del diseño estratégico desde el inicio.

Si la innovación es una pieza del problema, la autenticidad es la otra. El deporte moviliza pertenencia, identificación y deseo. Una camiseta, un par de zapatillas o un accesorio oficial no solo cumplen una función práctica: condensan prestigio, comunidad y experiencia. Precisamente por eso, las marcas deportivas son especialmente vulnerables a la falsificación.
La OMPI recuerda que la falsificación marcaria supone el uso no autorizado de signos idénticos o sustancialmente indistinguibles respecto de una marca registrada. En el deporte, ese fenómeno tiene un efecto particularmente corrosivo porque no solo desvía ventas, sino que deteriora reputación, altera la experiencia del aficionado y compromete la seguridad del consumidor cuando se trata de productos de calidad inferior.
Las cifras ayudan a dimensionar el problema. En 2025, la OCDE y la EUIPO estimaron que el comercio mundial de falsificaciones y mercancías pirateadas representó en 2021 hasta el 2,3 % del comercio global, mientras que dentro de la Unión Europea las falsificaciones equivalieron hasta al 4,7 % de las importaciones. Por su parte, la EUIPO advirtió en 2024 que el sector europeo de equipamiento deportivo pierde alrededor de 850 millones de euros al año por este fenómeno.
Ese dato tiene una implicación importante: la falsificación ya no puede leerse como una infracción marginal ni como un problema limitado al lujo. En el ámbito deportivo afecta cadenas productivas amplias, erosiona ingresos legítimos y alimenta circuitos ilícitos que suelen conectarse con otras formas de criminalidad. La EUIPO, además, ha mostrado que las incautaciones recientes incluyeron cientos de miles de artículos de calzado y más de un millón de piezas de ropa deportiva, junto con millones de etiquetas falsas.
Aquí conviene añadir un matiz esencial. La respuesta eficaz no depende únicamente de registrar una marca. Requiere vigilancia, enforcement coordinado, trazabilidad, medidas tecnológicas de autenticación y capacidad para actuar con rapidez tanto en el entorno físico como en el digital. La protección marcaria, en otras palabras, es una práctica continua, no un acto aislado.

La tercera tensión, quizá menos visible para el público general, se encuentra en la transmisión de eventos deportivos. Las grandes competiciones dependen de los ingresos derivados de licencias, difusión, patrocinios y modelos de acceso. Cuando una señal se piratea y circula masivamente, no solo se vulnera un derecho; se afecta el equilibrio económico que sostiene a ligas, organizadores, broadcasters, patrocinadores y, en última instancia, al propio ecosistema deportivo.
La OMPI ha sido clara al respecto: la piratería de eventos deportivos perjudica a quienes poseen los derechos de transmisión, pero también impacta a atletas y aficionados. Además, el organismo reconoce que existe una necesidad regulatoria de fondo: siguen en curso negociaciones para dotar de un marco internacional más eficaz a la protección de las señales de radiodifusión.
En paralelo, Europa ha intensificado su respuesta. La Comisión Europea emitió en 2023 una recomendación específica para combatir la piratería online de eventos deportivos y otros eventos en vivo, y en 2025 publicó una evaluación de sus efectos. Al mismo tiempo, se han multiplicado medidas judiciales y regulatorias orientadas al bloqueo más rápido de servicios infractores. Un ejemplo reciente fue la orden obtenida por LaLiga en 2026 para forzar el bloqueo de sitios presuntamente piratas a través de proveedores VPN.
Lo relevante aquí no es solo la severidad de la respuesta, sino lo que revela: la piratería digital dejó de ser tratada como una externalidad inevitable del ecosistema online. Se la está abordando como un problema estructural que exige cooperación entre titulares de derechos, tribunales, reguladores, intermediarios tecnológicos y herramientas automatizadas de detección y retiro.
Desde una mirada jurídica madura, esto obliga a abandonar dos simplificaciones. La primera: creer que la piratería solo afecta a grandes actores internacionales. La segunda: suponer que la defensa de estos derechos puede descansar exclusivamente en acciones reactivas. En realidad, el valor de una transmisión se protege antes, durante y después del evento, mediante contratos, tecnología, monitoreo y capacidad de respuesta.
El lema del Día Mundial de la Propiedad Intelectual 2026 no se limita a celebrar una relación entre dos mundos; describe una dependencia recíproca. El deporte necesita de la propiedad intelectual para innovar con seguridad, competir con integridad y proyectar valor más allá del evento. Y la propiedad intelectual encuentra en el deporte uno de sus campos más visibles para demostrar por qué sigue siendo decisiva.
La idea que debería quedar instalada es sencilla, pero de gran alcance: proteger la innovación deportiva no significa frenar el acceso ni encerrar la creatividad, sino hacer posible un ecosistema más confiable, más competitivo y más sostenible. Allí donde hay rendimiento, marca, diseño, audiencia y tecnología, hay también una pregunta jurídica de fondo. Ignorarla no abarata el deporte; lo vuelve más vulnerable.
En un entorno donde la tecnología acelera los ciclos de creación e infracción al mismo tiempo, comprender la propiedad intelectual con criterio estratégico ya no es una especialidad periférica. Es parte de la conversación central sobre cómo se construye, se protege y se sostiene el valor.
World Intellectual Property Organization (WIPO). World Intellectual Property Day 2026 – IP and Sports: Ready, Set, Innovate!
World Intellectual Property Organization (WIPO). Sports and Intellectual Property.
World Intellectual Property Organization (WIPO). Sport and Branding.
European Commission. Recommendation on combating online piracy of sports and other live events.
European Union. Commission Recommendation (EU) 2023/1018 of 4 May 2023 on combating online piracy of sports and other live events.
Organisation for Economic Co-operation and Development (OECD). Mapping Global Trade in Fakes 2025.
European Union Intellectual Property Office (EUIPO). Mapping Global Trade in Fakes 2025.
Los eventos culturales de gran escala representan un punto de convergencia entre creatividad, industria cultural y propiedad intelectual. Cuando miles de espectadores presencian un concierto o festival, la experiencia artística visible sobre el escenario descansa, en realidad, sobre una compleja arquitectura de derechos que involucra compositores, intérpretes, productores fonográficos, editoriales musicales y organizaciones de gestión colectiva.
El incidente ocurrido durante la presentación del dúo británico Pet Shop Boys en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar constituye un ejemplo revelador de esta realidad. La decisión de excluir del repertorio la canción Go West, atribuida públicamente a “complejidades jurídicas”, expone las tensiones que pueden surgir cuando una obra musical se encuentra atravesada por múltiples capas de titularidad y licenciamiento.
En el ámbito del derecho de autor, la ejecución pública de una obra musical no se limita a una simple interpretación artística. Implica la autorización previa de los titulares de derechos sobre la obra original y, en determinados casos, sobre versiones posteriores que constituyen obras derivadas. Esta situación se vuelve particularmente relevante cuando una interpretación ampliamente conocida no corresponde a la versión original de la obra.
El caso de Go West ilustra este fenómeno. Aunque la versión popularizada por Pet Shop Boys en la década de 1990 es ampliamente reconocida por el público, la composición original pertenece a Jacques Morali, Henri Belolo y Victor Willis, miembros del proyecto musical Village People, quienes publicaron la obra en 1979. Desde la perspectiva del copyright, la versión de Pet Shop Boys constituye una adaptación musical de una obra preexistente, lo que introduce una doble cadena de derechos: por un lado, los derechos sobre la composición original y, por otro, los derechos sobre el fonograma y la adaptación posterior.
Este escenario refleja uno de los principios centrales del derecho de autor internacional: el titular de una obra tiene el derecho exclusivo de autorizar o prohibir la creación de adaptaciones o obras derivadas, así como su ejecución pública o reproducción. En consecuencia, la utilización de una versión adaptada puede requerir licencias adicionales respecto de la obra original y de la adaptación misma. Este principio se encuentra ampliamente reconocido en el marco del Convenio de Berna y en diversas legislaciones nacionales, así como en la doctrina internacional sobre gestión de derechos musicales.
En la práctica, la gestión de estas licencias suele realizarse a través de organizaciones de gestión colectiva, que administran repertorios musicales y otorgan autorizaciones para la comunicación pública de obras. Sin embargo, cuando existen múltiples titulares o acuerdos editoriales complejos, la obtención simultánea de todas las autorizaciones necesarias puede volverse un proceso altamente especializado y, en ocasiones, inviable dentro de los tiempos de producción de un espectáculo.
Desde la perspectiva de los organizadores de festivales, este tipo de incidentes pone de manifiesto la necesidad de implementar procesos rigurosos de due diligence en propiedad intelectual. La verificación previa del repertorio artístico, la identificación de posibles obras derivadas y la confirmación de licencias vigentes constituyen medidas esenciales para evitar contingencias legales que puedan afectar el desarrollo del evento.
Asimismo, este tipo de situaciones evidencia que la gestión de derechos de autor en la industria musical no es simplemente una cuestión administrativa, sino un elemento estructural en la planificación de eventos culturales. En ausencia de una gestión adecuada, incluso canciones emblemáticas pueden convertirse en fuentes de riesgo jurídico que obliguen a modificar un espectáculo en tiempo real.

En contraste con la naturaleza reactiva del incidente ocurrido en Viña del Mar, el sistema judicial español ha desarrollado un mecanismo institucional diseñado específicamente para gestionar conflictos de propiedad industrial en eventos comerciales de gran escala.
Los Juzgados Mercantiles de Barcelona implementaron un protocolo de actuación rápida inicialmente destinado a proteger los derechos de propiedad industrial durante el Mobile World Congress (MWC), una de las ferias tecnológicas más importantes del mundo. Con el tiempo, este mecanismo se ha extendido a otros eventos relevantes organizados por Fira Barcelona, como Alimentaria y Hostelco, consolidándose como una herramienta judicial especializada para la protección de activos intangibles en entornos de alta exposición comercial.
La lógica detrás de este protocolo responde a una realidad económica concreta: las ferias internacionales concentran en pocos días una gran cantidad de innovaciones tecnológicas, diseños industriales y nuevos productos. Este entorno incrementa significativamente el riesgo de infracciones relacionadas con marcas registradas, patentes o diseños industriales.
En ausencia de mecanismos judiciales ágiles, un conflicto de propiedad industrial podría prolongarse durante meses o años, generando daños económicos inmediatos para las empresas afectadas. Para mitigar este riesgo, el protocolo de Barcelona permite la adopción de medidas cautelares urgentes en un plazo aproximado de 48 horas, lo que facilita la resolución preliminar de disputas antes de que el evento concluya.
Este sistema judicial acelerado se basa en una coordinación previa entre los tribunales mercantiles, los organizadores de las ferias y los potenciales participantes. Las empresas pueden solicitar medidas cautelares si consideran que un producto expuesto infringe sus derechos de propiedad industrial, lo que permite a los jueces emitir órdenes inmediatas como la retirada de productos o la suspensión de su exhibición.
Desde una perspectiva institucional, este modelo representa una evolución significativa en la gestión judicial de la propiedad intelectual en eventos masivos. En lugar de reaccionar ante litigios posteriores al evento, el sistema se anticipa a posibles conflictos y establece mecanismos procesales que permiten una intervención rápida y efectiva.

La comparación entre ambos casos permite identificar una diferencia estructural entre dos ramas fundamentales de la propiedad intelectual.
El incidente de Viña del Mar se sitúa claramente dentro del ámbito del derecho de autor, cuyo objetivo principal es proteger la expresión creativa de los autores y garantizar su control sobre la utilización de obras literarias, artísticas y musicales.
Por el contrario, el protocolo judicial desarrollado en Barcelona se enfoca en la propiedad industrial, que protege los signos distintivos, las invenciones técnicas y los diseños utilizados en el comercio.
Esta distinción no es meramente conceptual. Determina los mecanismos de protección, los procedimientos de registro, la duración de los derechos y las estrategias jurídicas disponibles para su defensa.
Mientras el derecho de autor nace automáticamente con la creación de la obra y suele gestionarse a través de sistemas de licencias colectivas, la propiedad industrial requiere registros formales y litigios especializados ante tribunales competentes.
En consecuencia, los riesgos asociados a cada tipo de propiedad intelectual requieren estrategias de gestión completamente diferentes en el contexto de eventos masivos.

Los dos casos analizados ofrecen lecciones relevantes para distintos actores que participan en eventos culturales y comerciales.
Para los organizadores de festivales, la gestión de derechos de autor debe convertirse en un elemento central de la planificación del evento. La revisión anticipada del repertorio artístico y la verificación de licencias musicales constituyen medidas indispensables para evitar conflictos jurídicos.
Para los artistas y productores musicales, el caso evidencia la importancia de comprender las implicaciones legales de interpretar versiones adaptadas o derivadas de obras preexistentes. La verificación documental de licencias y la coordinación con organizaciones de gestión colectiva se vuelven prácticas esenciales para garantizar la viabilidad de una presentación internacional.
En el ámbito empresarial, las ferias comerciales plantean desafíos distintos. Para los expositores, la participación en eventos internacionales requiere una evaluación previa de posibles conflictos relacionados con marcas, patentes o diseños industriales. La existencia de mecanismos judiciales rápidos, como el protocolo de Barcelona, proporciona una herramienta adicional para proteger la innovación en entornos altamente competitivos.
La gestión de la propiedad intelectual en eventos masivos revela la coexistencia de dos enfoques complementarios. Por un lado, la diligencia preventiva en la gestión de derechos de autor resulta fundamental para evitar conflictos que puedan afectar la programación artística. Por otro, la creación de mecanismos judiciales ágiles demuestra cómo las instituciones pueden adaptarse para proteger los intereses económicos vinculados a la innovación.
El incidente de Viña del Mar y el protocolo de actuación rápida de Barcelona representan, en esencia, dos respuestas distintas frente a un mismo desafío: garantizar que la creatividad, la innovación y el comercio puedan desarrollarse en un entorno jurídico seguro.
En una economía global basada cada vez más en activos intangibles, la correcta gestión de la propiedad intelectual deja de ser un aspecto accesorio para convertirse en un componente estratégico de cualquier evento de alto impacto cultural o comercial.
La conversación global sobre propiedad intelectual suele estar dominada por litigios en Estados Unidos, pronunciamientos regulatorios de alto perfil y debates académicos sobre inteligencia artificial. Sin embargo, cuando esas tendencias se miran desde América Latina —y particularmente desde mercados como Ecuador— el orden de prioridades cambia.
No todo lo que es jurídicamente disruptivo en el norte es lo más urgente en nuestra región. En 2026, la pregunta relevante no es solo qué está pasando, sino qué nos expone hoy a mayor riesgo legal, reputacional y económico. Bajo esa lógica, estas son las siete tendencias clave, reorganizadas desde una perspectiva latinoamericana.
Para América Latina, la publicidad es el primer frente de riesgo real en propiedad intelectual y competencia desleal. No por sofisticación técnica, sino por volumen, visibilidad y facilidad de fiscalización.
Autoridades, competidores y consumidores exigen cada vez más que los reclamos publicitarios —especialmente los vinculados a rendimiento, salud y tecnología— estén respaldados por evidencia sólida y verificable. En Estados Unidos, la Federal Trade Commission ha sido clara: toda afirmación debe contar con competent and reliable evidence. Esa lógica se está trasladando progresivamente a otros sistemas regulatorios.
En la práctica, esto implica:
Para empresas ecuatorianas, esta tendencia es crítica: la publicidad suele ser el primer punto de ataque en disputas de PI, tanto por autoridades como por competidores. En 2026, la coherencia entre mensaje, evidencia y percepción del consumidor será clave para evitar sanciones y litigios.

En América Latina, la batalla contra las imitaciones no ocurre tanto en patentes complejas, sino en la apariencia del producto. Empaques, colores, formas y “sensación general” siguen siendo uno de los activos más copiados.
La llamada dupe culture continuará intensificándose. Tribunales en distintas jurisdicciones han dejado claro que el análisis no se limita a logotipos, sino al look and feel global del producto. Casos recientes en EE. UU. —como los litigios que involucran a grandes marcas de consumo— muestran que incluso cuando el consumidor sabe que compra una versión más barata, puede existir aprovechamiento indebido de reputación.
Desde la óptica latinoamericana:
En 2026, el diseño seguirá siendo uno de los frentes más activos de enforcement en la región.
A diferencia del copyright, los secretos comerciales suelen ser el activo intangible más valioso —y más frágil— para empresas latinoamericanas. La irrupción de la IA ha reducido drásticamente las barreras para descubrir información estratégica mediante ingeniería inversa avanzada.
Modelos entrenados con información pública pueden inferir procesos, fórmulas o estrategias que antes se consideraban razonablemente protegidas. Esto obliga a replantear una decisión clásica: ¿conviene seguir guardando un know-how como secreto o es preferible patentar antes de que sea inferible?
El riesgo se agrava con el uso cotidiano de herramientas de IA por empleados. Prompts, resultados y archivos cargados en plataformas públicas pueden destruir la confidencialidad sin intención alguna. Ya se discute en tribunales si esos datos pertenecen a la empresa o al proveedor del sistema de IA.
Para 2026, las empresas deberán:

La United States Patent and Trademark Office ha anunciado una modernización profunda del sistema marcario. Desde enero de 2026 entra en vigor una nueva edición de la Clasificación de Niza, con ajustes relevantes para software, productos digitales y activos virtuales.
Para empresas latinoamericanas con estrategias de marca internacional, esto implica:
Al mismo tiempo, la USPTO ha intensificado su lucha contra solicitudes fraudulentas, cancelando decenas de miles de registros presentados con pruebas falsas. El mensaje es claro: la velocidad no reemplaza la precisión técnica.
Aunque el debate sobre IA y copyright domina titulares, desde América Latina su impacto es relevante pero no prioritario frente a otros riesgos más inmediatos.
Los tribunales estadounidenses han emitido decisiones contradictorias sobre el uso de obras protegidas para entrenar modelos de IA. Paralelamente, la Oficina de Copyright de EE. UU. ha advertido que este uso puede implicar infracción si no existe licencia o defensa legal sólida.
Para 2026 se espera mayor claridad jurisprudencial, especialmente en instancias de apelación. Mientras tanto, la tendencia apunta a:
Para empresas ecuatorianas que consumen IA más que desarrollarla, el riesgo es indirecto pero creciente.
Cambios regulatorios en Estados Unidos han endurecido el control sobre sorteos, fantasy sports y mercados de predicción, extendiendo la responsabilidad no solo a operadores, sino también a quienes facilitan o promocionan estas actividades.
Aunque Ecuador no replica este marco normativo, la señal es clara: modelos promocionales que antes parecían inocuos pueden ser considerados ilegales. Para 2026, cualquier campaña con premios, dinámicas de azar o mecánicas híbridas deberá revisarse con lupa desde el cumplimiento normativo local.

Finalmente, una tendencia más técnica pero relevante para operaciones transfronterizas: la divergencia en tribunales estadounidenses sobre cuán detallado debe ser un secreto comercial al iniciar una demanda.
Algunos tribunales exigen precisión absoluta desde el inicio; otros permiten definiciones más generales que se afinan durante el proceso. Esta disparidad afecta costos, viabilidad del reclamo y elección del foro.
Para empresas latinoamericanas que litigan o cooperan con socios en EE. UU., la preparación previa y la definición interna de los secretos será determinante.
Visto desde América Latina, el mapa de prioridades en propiedad intelectual para 2026 es claro: primero publicidad, diseño y secretos comerciales; luego marcas y tecnología; y finalmente los grandes debates estructurales sobre IA y copyright.
La PI ya no es solo un asunto de registro o litigio: es una herramienta estratégica que atraviesa marketing, innovación, cumplimiento y reputación. Anticiparse a estas tendencias no es una opción defensiva, sino una ventaja competitiva en mercados cada vez más expuestos y vigilados.
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI/WIPO). Clasificación de Niza – Edición 13, versión 2026 (NCL 13-2026). Entrada en vigor: 1 de enero de 2026. https://www.wipo.int/es/web/classification-nice
Servicio Nacional de Derechos Intelectuales (SENADI) – Ecuador. Boletín de Prensa No. 38: "Nueva clasificación de Niza entra en vigencia en 2026 y moderniza los criterios para registrar marcas". 27 de enero de 2026. https://www.derechosintelectuales.gob.ec/nueva-clasificacion-de-niza-entra-en-vigencia-en-2026-y-moderniza-los-criterios-para-registrar-marcas/
Corsearch. "Clasificación de Niza 2026: La guía esencial para profesionales de marcas". Diciembre de 2025. https://corsearch.com/es/content-library/blog/the-essential-guide-for-trademark-professionals/
Comunidad Andina. Manual de Marcas – Primera edición. Agosto de 2023. https://www.comunidadandina.org/wp-content/uploads/2023/08/MANUAL-DE-MARCAS-COMPLETO-.pdf
Preguntas simples de clientes:
En Ecuador, la defensa efectiva de una marca comienza en aduanas. Registrar tus derechos de propiedad intelectual ante SENAE activa un sistema de alerta temprana que frena mercancías sospechosas antes de que entren al mercado.
En Luzuriaga & Castro te acompañamos en este proceso para que tu marca esté siempre un paso adelante. Una inscripción correcta es la diferencia entre perder control o garantizar seguridad jurídica, prevención y mayor protección comercial.
Cuando SENAE detecta productos potencialmente infractores, aplica una retención temporal que protege tus activos de marca sin necesidad de iniciar un proceso inmediato.
Esta medida permite actuar rápido para evitar que mercancía ilícita llegue a tu cadena de distribución. En nuestro estudio aseguramos respuestas oportunas y gestión estratégica para mantener la protección activa.
Normativa relacionada: Deccisión 486
La Aduana envía fotografías, cantidades y descripciones detalladas al titular de la marca. Aquí cada minuto importa. Una reacción precisa evita que la mercancía se libere y fortalece tu posición frente a la importación ilícita. Nuestro equipo analiza la evidencia, determina riesgos, y prepara la respuesta adecuada para sostener la retención. Una marca informada toma mejores decisiones; una marca asesorada obtiene mejores resultados.
El titular de la marca tiene 10 días hábiles, desde la notificación de la suspensión de la operación aduanera, para confirmar si existe infracción e iniciar acciones ante SENADI o los tribunales, sea por la vía penal o civil. Este corto plazo exige estrategia, claridad y conocimiento técnico. Una decisión tardía puede liberar productos falsificados. Una acción bien ejecutada abre la puerta a sanciones, medidas cautelares y control total del riesgo.
Si la mercancía es falsa, el proceso puede culminar en destrucción, multas y, en casos graves, acciones penales. Este es un mensaje claro al mercado: tu marca tiene una defensa sólida. Para una marca es importante que se garantice procedimientos bien ejecutados y decisiones firmes que fortalezcan su reputación y protegen al consumidor.
Porque combinamos experiencia legal, estrategias de enforcement, y un modelo de acompañamiento cercano que ofrece resultados reales. Gestionamos alertas, preparamos respuestas, coordinamos con autoridades y actuamos con rapidez. Defender tu marca es defender el valor de tu negocio. En un mercado lleno de riesgos, necesitas un aliado que entienda la urgencia, la técnica y el impacto comercial de cada decisión.
La temporada navideña no es solo un periodo de celebración y encuentro familiar: es también un espejo que revela nuestras tensiones económicas, culturales y sociales. En este tiempo de consumo acelerado, los mercados formales e informales se enfrentan en una lucha que excede lo comercial. Según datos del Ministerio del Interior de España, en 2024 se registraron más de 464.801 ciberdelitos, la mayoría vinculados a fraudes informáticos que encuentran terreno fértil durante las compras festivas. Para enfrentar esta realidad, se requiere no solo tecnología o legislación, sino una conciencia social transformadora, capaz de colocar la creatividad humana, la justicia económica y la educación en el centro del debate.
La piratería no es un accidente contemporáneo: es el resultado de desigualdades históricas, de sistemas económicos que han marginado la producción cultural y que han convertido el consumo en aspiración de identidad. En Navidad, cuando la publicidad impulsa el deseo y el mercado promete felicidad empaquetada, la piratería aprovecha esta grieta emocional para ofrecer imitaciones que se presentan como accesos alternativos a un bienestar limitado.
Más que situar la piratería únicamente como consecuencia de desigualdades globales, este fenómeno puede comprenderse —desde una lectura histórica y latinoamericana— como el resultado de una relación fracturada entre ciudadanía, institucionalidad y cultura productiva. La educación no debía ser un simple instrumento moralizante, sino una vía para que las personas comprendan el sentido profundo de la creación, del oficio y de la responsabilidad colectiva. En este marco, la piratería no es solo un ilícito comercial: es la expresión de una desconexión social respecto del valor que sostenemos entre todos cuando respetamos el trabajo intelectual y manual de quienes producen, innovan y arriesgan.
La magnitud del problema se evidencia en las 6.189.015 falsificaciones requisadas en España durante 2024. Pero el fenómeno no se limita a mercancía física: la expansión de la economía digital ha multiplicado la circulación de productos falsos, ofertas engañosas y campañas fraudulentas. La temporada navideña, caracterizada por compras masivas y urgentes, incrementa en más de un 50% los intentos de phishing, suplantación de identidad y fraudes que imitan a grandes cadenas comerciales.
El problema no es solo técnico, sino ético. Una ciudadanía sin herramientas educativas suficientes se convierte en terreno fértil para la manipulación. Los piratas digitales actúan bajo la sombra de un sistema que prioriza el consumo rápido sobre la reflexión. La transformación social exige romper este ciclo mediante educación crítica, alfabetización digital y responsabilidad colectiva.
Desde una perspectiva jurídico-política, evitar la piratería navideña implica fortalecer la propiedad intelectual como instrumento de justicia económica. El registro de marcas, la vigilancia activa en plataformas digitales y el uso de tecnologías como blockchain no solo protegen productos: democratizan la información y devuelven al consumidor el poder de distinguir lo auténtico de lo fraudulento.
Las empresas que incorporan sistemas de trazabilidad, códigos QR seguros y autenticadores digitales no solo protegen su inventario: educan a su comunidad. La tecnología, entendida desde una perspectiva pedagógica y social, debe contribuir a fortalecer la confianza, la transparencia y la participación informada. Cuando una empresa abre sus procesos, facilita la verificación del origen de sus productos y ofrece canales claros de autenticación, aporta generar una comunidad de consumidores más crítica y consciente. En este sentido, la trazabilidad digital deja de ser una herramienta técnica para convertirse en un mecanismo de diálogo entre marca y ciudadanía, donde la claridad y la evidencia fortalecen la lucha contra la piratería.
Ninguna estrategia corporativa ni herramienta tecnológica alcanza su potencial si el consumidor no cuenta con información clara y accesible para tomar decisiones seguras. En el contexto navideño, donde la presión comercial aumenta y las compras se aceleran, la adquisición de productos falsificados no solo expone a riesgos de calidad y seguridad, sino que también afecta directamente la reputación de las marcas, debilita sus inversiones en innovación y altera la confianza del mercado formal.
La Navidad es, además, un momento clave para reforzar mensajes corporativos sobre autenticidad, garantía y valor real del producto. Las empresas pueden aprovechar esta temporada para comunicar de forma estratégica los beneficios de elegir productos originales: acompañamiento postventa, soporte técnico, calidad certificada y respaldo legal. Comprar legal no es únicamente un acto de cumplimiento normativo: es una decisión que protege la experiencia del consumidor y fortalece la sostenibilidad de las marcas que invierten en calidad y desarrollo.
El consumidor emancipado es aquel que reconoce la importancia de la autenticidad, la seguridad y el valor del trabajo creativo. Verificar precios sospechosamente bajos, examinar empaques, revisar reseñas y desconfiar de enlaces no oficiales son prácticas esenciales. Pero más allá de ello, se requiere asumir una postura crítica ante la facilidad del mercado digital.
La protección contra robos de paquetes, fraudes internacionales y anuncios engañosos requiere organización comunitaria: hablar con vecinos, coordinar entregas, exigir garantías y promover comercios locales. La transformación social no nace en los grandes discursos, sino en los pequeños gestos cotidianos de responsabilidad.
Evitar la piratería en Navidad no es únicamente un desafío comercial: es una oportunidad estratégica para consolidar confianza, reputación y valor de marca. Optar por productos originales garantiza calidad, respaldo y seguridad para los consumidores, mientras protege las inversiones que las empresas realizan en innovación, desarrollo y experiencia de cliente.
En una temporada marcada por el incremento del comercio electrónico y la alta demanda, las organizaciones que comunican con claridad los beneficios de la autenticidad—como garantías reales, servicio postventa, soporte técnico y trazabilidad confiable—se posicionan como referentes de profesionalismo y transparencia.
La decisión de comprar legal no es solo un acto de cumplimiento: es una elección que fortalece la sostenibilidad de las marcas, protege al consumidor y contribuye a un entorno comercial más competitivo y seguro. Esta Navidad, construir valor comienza por elegir productos auténticos y respaldados, elevando la experiencia de compra y reforzando el compromiso con la excelencia corporativa.
En un mercado donde la competencia se juega cada vez más en el plano visual, la apariencia distintiva —o trade dress— emerge como una de las herramientas más poderosas para reforzar la identidad de un producto o servicio. No se trata solo de un logotipo o un nombre, sino del conjunto de elementos que generan una experiencia sensorial única: el diseño de un envase, los colores de una tienda, la iluminación de un local o incluso la textura de un empaque.
En Ecuador, la figura de la apariencia distintiva ha ganado espacio en los últimos años, tanto en la doctrina como en la práctica administrativa. Su reconocimiento por el Servicio Nacional de Derechos Intelectuales (SENADI) y su tratamiento en la Decisión 486 de la Comunidad Andina consolidan su relevancia jurídica. Pero ¿qué implica en la práctica registrar y proteger un trade dress? ¿Y cuáles son las estrategias más efectivas para blindar esta valiosa manifestación de propiedad intelectual?

La apariencia distintiva es, en esencia, la “imagen de conjunto” que permite al consumidor identificar el origen empresarial de un producto o servicio sin necesidad de leer su marca. Comprende:
El ejemplo del caso “OKIDOKI”, reconocido en Ecuador, demuestra que incluso los supermercados pueden proteger la configuración visual de sus establecimientos. Así, lo que para el consumidor es un ambiente familiar, para el derecho se convierte en un signo registrable con efectos jurídicos concretos.
En Ecuador, la protección de la apariencia distintiva descansa sobre un entramado normativo que combina fuentes comunitarias y nacionales:
Este marco otorga herramientas tanto preventivas (registro) como represivas (acciones por competencia desleal), permitiendo a los titulares enfrentar imitaciones que busquen aprovecharse de su reputación.

El registro de una apariencia distintiva en Ecuador requiere una preparación minuciosa, pues no basta con presentar imágenes llamativas. El SENADI examina cada solicitud bajo criterios estrictos:
El procedimiento incluye examen formal, publicación para oposiciones, examen de fondo y, en caso de éxito, el otorgamiento de un título con vigencia de 10 años, renovable.
Una de las claves para proteger eficazmente un trade dress es no apostar a una sola vía registral. La práctica recomienda una estrategia híbrida que combine varias figuras jurídicas:
Este enfoque diversificado permite al titular cerrar flancos de vulnerabilidad y proyectar una defensa integral en caso de conflicto.
La doctrina y la práctica ofrecen ejemplos ilustrativos de cómo la apariencia distintiva opera en la vida real:
En todos estos casos, el éxito depende de demostrar que los elementos no son necesarios para la función del producto, sino que cumplen un rol identificador frente al público.

Al preparar una solicitud de apariencia distintiva, conviene tener presente ciertas buenas prácticas:
Los riesgos más frecuentes son: la falta de pruebas de distintividad, la confusión con diseños funcionales y la territorialidad (el registro ecuatoriano no se extiende automáticamente al extranjero).
El trade dress deja en claro que en el derecho de marcas el futuro no está únicamente en las palabras, sino también en las imágenes que acompañan la experiencia de consumo. Para las empresas ecuatorianas, aprender a proteger su apariencia distintiva significa no solo blindar su inversión creativa, sino también ganar terreno en la competencia por la preferencia del consumidor.
Como advierten los criterios del Tribunal de Justicia de la Comunidad Andina, el reto está en equilibrar la libertad de competencia con la necesidad de proteger la originalidad visual. En un mundo donde la forma también comunica, la apariencia distintiva es mucho más que estética: es estrategia, identidad y valor económico.